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ISSN 1989-4163

NUMERO 28 - DICIEMBRE 2011

En esta Misteriosa Travesía

Itziar Minguez Arnáiz

El pasado 7 de noviembre fallecía Tomás Segovia, en México. Este año ha aparecido “Estuario” un poemario publicado -como todos sus últimos libros- en la editorial valenciana Pre-textos; antes de irse, nos dejó también el regalo de un poemario inédito “Rastreos” que verá la luz con el siempre triste apéndice de: póstumo. Nos deja bien servidos el maestro. Tomás Segovia es el mejor poeta contemporáneo en lengua española que ha dado nuestro país.  Hombre y poeta errante -exilio obliga- nunca vivió el exilio como un tema sino como una condición. Condición que planea sobre toda su obra pero no como una amenaza ni como pretexto para la nostalgia sino como un trayecto donde nunca se sabe cuál es la ida y cual la vuelta. “Llegar” es el título de uno de los libros pertenecientes a su última etapa y ya desde el título se percibe la gozosa impresión de que su vida, en su azaroso devenir, nunca fue un irse sino un estar llegando. Tomás Segovia nació en Valencia, en el año 1927. El exilio lo colocó en Casablanca, París y México D.F; en 1985 regresó a España y entre España y México pasó el trayecto final de su vida. Curiosamente fue a morir a México, aunque es posible que en esta reversibilidad de los trayectos, el poeta sintiera que era no a morir sino a seguir viviendo a lo que iba. “Anagnórisis” es el título de la que, para mí, es la obra cumbre del autor. Poemario de largo aliento y de altos vuelos pero tremendamente telúrico, orgánico hasta el daño. Y “Anagnórisis” es, además del título de su libro, la pauta que marca su vida como escritor. El concepto, la anagnórisis, hace referencia al momento de la tragedia en el que su protagonista descubre la verdadera naturaleza de su situación, su propia identidad. La poesía de Tomás Segovia ha evolucionado hacia ese reconocimiento, asunción total del personaje –en este caso el poeta- en la tragedia. Su obra, tanto poética, como narrativa, incluyendo sus diarios, es una búsqueda de ese reconocimiento vivido en varias fases: primero en uno mismo; después el reconocimiento del yo en el otro y, para terminar: reconocimiento para disolverse con lo otro. Tomás Segovia lo consiguió. Sus últimos poemas son la celebración, el éxtasis que produce la cotidianidad cuando se ha vivido conforme a uno mismo, el diálogo como totalidad, como meta: el diálogo entendido como la capacidad del hombre de interactuar con todo: vida, invierno, brisa, tiempo, árbol, pájaro. No fue un poeta polémico, ni provocador; parecía e intuyo que era un hombre normal. Tuve la ocasión de conocerle en persona. La vida me hizo uno de los mejores regalos al colocarlo frente a mí en Granada, durante las jornadas del Festival Internacional de Poesía que se celebra en la ciudad y que en el año 2009 convirtió la figura de Tomás Segovia en protagonista y centro de aquel encuentro. Le concedieron el Premio de Poesía Federico García Lorca. Uno de los pocos reconocimientos que en España ha tenido el autor, por no hablar del nulo reconocimiento institucional que Tomás Segovia ha tenido en su país, en cambio México, su otro país lo trató con los honores que merecía. A veces suceden estas cosas. No se sabe ver la grandeza porque está demasiado cerca o porque el poeta, tanto como el hombre, era un ser silencioso y discreto que no quiso conjugar el verbo “codear”. Durante el FIP de Granada anduvo por todos los actos que se programaban, como uno más, prestando atención, sin ser consciente de que todas las miradas se centraban en él. Era un hombre pudoroso y atento. Miraba a los ojos. El día que lo conocí pensé que miraba al mundo como miraba a la gente y que así era fácil que su poesía fuera franca, intensa, limpia. Se apoyaba en su bastón y en el hombro de María Luisa Capella, su esposa: “La mujer que me tiene”, escribe Tomás Segovia en uno de los poemas de “Estuario”. Es tarde para homenajes, premios y reconocimientos pero estamos a tiempo de leer sus libros. Tomás Segovia tiene todavía mucho que decir y todo que mostrar en sus versos: porque toda mi historia va embarcada conmigo/ y no es fácil saber dónde quedó mi ancla/ Esa ancla antigua que es a la vez un norte/ En esta misteriosa travesía.

Tomás Segovia

 

 

 

 

 

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